
Nuestra amistad tiene un valor,
que nada lo puede superar,
ni todo el oro del mundo
la podría comprar.
Siempre los tres juntos
andábamos por las calles,
corriendo por los campos
como niños salvajes.
Éramos muy felices
haciendo nuestros fuegos
acompañados de historias
que a los tres nos daban miedo.
Aún recuerdo aquellos días
que en las noches de verano
pedíamos deseos,
por si alguno se cumplía,
a nuestro cielo estrellado.
Pero todo sigue su curso,
nos estamos empezando a separar,
y aunque no esté a nuestro gusto,
poco a poco, con el tiempo
se acercará el final de nuestra amistad.
"Cada mochuelo a su olivo"
es lo que dice el refrán,
pero hubo un tiempo que compartimos
el mismo árbol para jugar.
